Me quedo a contemplar el mar.
Olas pares avanzan a encontrarse
desde sentidos opuestos.
Surge el enlace.
Hacen el amor durante escasos instantes,
y siendo tan solo dos,
el océano se retuerce ante ambas
en un almuerzo de lenguas de agua
que luchan por sobrevivir.
Tan exhaustas de volcarse,
la una sobre la otra.
Orgasmo marino capaz de transgredir,
el más puro movimiento sísmico,
la manecilla de un reloj
que apaga, durante segundos,
las luces de la ciudad.
La primera se rinde a la segunda,
se hunde, se confunde,
se conforman
en una sola masa de agua y sal.
Que irrevocablemente camina,
hacia la arena a morir.
Siempre fuiste un hombre bueno, de eso no cabe duda. Lo demostraste a lo largo de los años que vivimos juntos; siendo tú mi rutina y yo tu flor favorita, un lirio entre los hierbajos de tu tejado. Siempre me quisiste bien, fue un dato en el que insistieron todos nuestros amigos cuando decidí alejarme y perderme para siempre. Perder-me, pero no perder-te, tú te quedarás a mi lado para el resto de los días, y será de este modo porque nunca has sabido volver a empezar. La única aventura que te atreviste a emprender, fue también el único suspiro, o el único salto y el final.
Vivir a tu lado habría sido fácil para cualquier mujer, pero no lo fue para mí. Tal vez porque yo quería y siempre he querido más. Quizás porque yo hacía pié en las aguas de tu rutina y el pasar de los meses, apenas me dejaba sumergir la cabeza y dar varios largos. Unos largos en el estanque vacío de tus aspiraciones, de tus sueños.
Cada mañana traías para mí nuevos regalos, pero siempre eran los mismos. Kilómetros de cadenas de plata y bronce (jamás doradas, jamás ostentación alguna) que colgabas de mi cuello y mis brazos haciéndolas llamar sortijas o collares. Me ofrecías los pesados eslabones que me ataban a ti, a modo de esas joyas, que toda mujer que se precie debe guardar con celo en su mesita de noche. Creo que por entonces se me olvidó la forma en que solía escribir. Fui durante años incapaz de unir palabras creando versos. Incapaz de trasmitir aquellas cosas que no sentía. Las que nos alejaban más cada instante. Aunque jamás te dieras cuenta de ello, seguro pensaste, que mientras me mantuviese muerta y al margen de los libros y las fantasías, tú y yo estaríamos a salvo. Tú, más hombre y firme a cada segundo. Yo, que había dejado de ser.
Pasó el tiempo y la conocí a ella, incluso ahora no me duele decirte que fue la casualidad de mi vida, la que me libró de todo aquello que me mantenía muerta en tus brazos, aquello que me empujaba a envejecer sin existir en mi verdadero pálpito, bajo mi propia luz. Sería demasiado injusto echarte la culpa de que su presencia me invadiera desde el primer momento, pero es que tu piel olía a cloro, mientras que la de ella tenía el aroma de la sal y las algas marinas. Fue un periodo de transición el que me mantuvo con dolor a tu lado, con negación con preguntas. Ahora lamento no haber sido clara desde la tarde en la que comprendí que ella hacía bailar mis vocales como tú nunca lo habías hecho.
Pasé unos cuantos meses más en nuestra casa, ya no sé si por respeto o cobardía, solo recuerdo que de aquella fumaba mucho y escribía demasiado. Solo recuerdo que tú intentabas no darte cuenta de que cuando llegabas del trabajo ya ni si quiera mis ojos se tornaban para mirarte. Al mes tercero con una carta me despedí para siempre.
Algunas mañanas salíamos de su portal y te veía inmóvil, siempre en la misma esquina, con tus ojos antes púrpuras convertidos en el verde muerto del musgo y la tierra árida. Iniciabas un saludo levantando la barbilla y ni siquiera pronunciabas una mísera frase. Era entonces cuando ella me agarraba más fuerte de la mano, acelerando a pequeños brinquitos su paso y gritaba :- ¡eres mía! ¡mía, mía
! Como son del sol los atardeceres y del viento las plumas. Pero era cierto, era suya. Le pertenecía cuando formábamos un revoltijo de sueños y sábanas. Cuando amanecía como un capullo de flor colgada de su tallo.
- ¡ Eres mía! ¡mía! lo gritaba a grandes carcajadas y llenaba divertida sus pulmones de aire cuando los hombres me miraban con ojos voraces por la calle. Suya para adorarla, suya para bailarle los verbos, suya cuando me acercaba a la mesa de su despacho y le recitaba con voz cálida uno de mis poemas.
Me daba pena verte tan roto, claro, jamás quise hacerte daño alguno. Pensaba que tú sobrevivirías así, viéndonos tan solo los Miércoles impares de cada mes. Los pares eran para ella. Solía decir que los días pares eran días de dos. De las dos.
¡Qué estúpida! Cómo no pude haber imaginado que tu situación era límite, que no comprendías de que forma el centro de tu vida se había de pronto esfumado y de esta manera. Eras un hombre grandioso, podrías haber luchado contra cualquier otro que se hubiese propuesto arrancarte de mi lado, pero no contra una mujer…
Nos devorábamos con los ojos sin apenas tocar los cuerpos. Yo te arrancaba de un parpadeo la camiseta e iba recorriendo la línea que marcaba tu ombligo, sedienta, desquiciada. Tú solías resistirte unos segundos a aquel ir y venir de manos invisibles, de bocas de aire. Pero después mandabas con una fuerza magnética mi cuerpo contra una pared y sin usar las manos, ya me arrancabas el vestido. A zarpazos de una necesidad imperativa de labios con vetado acceso. Tú y yo nunca hicimos el amor, o bueno, quizás sí lo hicimos. Puede que las drogas un día nublasen el concepto idea de excitaciones pudorosas y un inevitable instinto colocara los vientres, sobre los vientres. La sangre, sobre la sangre. Y entonces las dos respiraciones aceleradas se encontrasen, fabricando un gemido que naciera de tu garganta para clavarse por siempre en mi oído. En mis noches largas, en mi cintura. En todas esas veces que dos rodillas se rozan, dos piernas se enredan, y ante las restricciones del mundo, solo se puede follar con los ojos.
La sangre le ardía en las venas, me bastaba con solo rozar uno de sus brazos para quemarme. Aun así, sabía como mantenerse elegante en sus miradas felinas cuando nos cruzábamos en una reunión. Sus movimientos transmitían un deseo incontenible, pero era dulce cuando besaba.
Siempre guardaba su orgullo. Cuanto más dolor sentía, más altas se oían sus carcajadas. Era casi imposible diferenciar cuando estaba rota. Cuando se alejaba de mí para no estallar en pedazos. El caso es que aquella indiferencia invisiblemente forzada cautivaba mis ganas. Me hacía querer arrastrarla con evasivas al baño de la oficina y que volviese a precipitarse sobre mis labios. Me gustaba sentirme indefenso ante su voluptuosidad.
En ocasiones llegue a dudar de su cordura, creo que a todo el mundo le exaltaba la duda en parte. Decía las cosas como le venía en gana y luchaba contra las injusticias del mundo declarándolas propias batallas.
Otras veces parecía invencible. Me maravillaba la forma en que sonreía a mis amantes cuando me veía aparecer con ellas del brazo. La manera en que se apropiaba de sus atenciones, invitándolas a una copa y haciendo que ellas quedasen a su vez abrumadas por su fuerza, su brillo. La fluidez de todos sus pasos. Me miraba cuando yo estaba conversando con alguna de mis acompañantes. Nos miraba como una pantera espera solemne en las sombras. Sabiendo que es mil veces más bella, más poderosa y veloz que sus víctimas. Entonces, cuando durante décimas de segundo la luz se apagaba, ella me arrastraba divertida y dispuesta a saciar toda el hambre que había acumulado en horas anteriores.
Veamos, ahora tengo que escribir unas palabras. Debo ponerles puntos, comas, emoción, sustancia. He de escribir algo que transmita sentimientos. Toda la tarde me la he pasado reviviendo dolores ya muertos, a través de textos ya escritos. Me ha sorprendido verme así, tan ágil en el verso, tan pura, tan erupción de vida y sangre en heridas.
Esta es la historia y yo, ahora, quisiera escribir unas palabras. Déjame hablarte tan bajito que no puedas oírme. Voy a colarme esta noche en tu habitación mientras duermes. Entraré sin hacer ruido y permaneceré cinco horas a tu lado, cinco horas, ni una más, no vaya ser que te despiertes y me encuentres ahí, invadiendo tu equilibrio, observándote en silencio. Estoy permitiéndome ser excesivamente azucarada y júzguenme si quieren ustedes que me están leyendo. No tiene ninguna importancia.
Belleza entre lo bello. Voy a tomar tu pulso para confirmar que aun vives. Que eres más que un epicentro entre un remolino de sábanas. Camuflándote entre las blancuras del universo. Sed eterna en manantiales salinos. No te pronuncies, no te despiertes, déjame mirarte, permíteme que el no tocarte, sea más que un placer. Leyenda o mito.
Llovían litros de luna. Pero ni siquiera la humedad de mi corazón era comparable a aquella que nacía entre mis piernas. Casi un insulto para mí comprender que estaba tan rendida a los movimientos de su cuerpo, que tan solo poseía una medida ínfima de mi voluntad. Algo en mi interior se desmembraba y retorcía al contacto firme de su mano, de forma que mis brazos ya no eran míos. Le pertenecían mis movimientos y el descontrol de mis respiraciones. Basta ya, nada de romanticismos. Que alguien me explique el funcionamiento de la química. Atracciones magnéticas. Quizás algo así sea capaz de simplificarlo todo. Pero no, porque aquel deseo era más que una intención lineal. Porque fragmentaba los huesos y dibujaba marcas en mi piel exhausta. Porque cuando la excitación de sentirle cerca llegaba a su cumbre, podía adivinar sus rasgos suaves en la oscuridad y perdía los papeles. Ya me perdía en la idea de no saber, si prefería un orgasmo virtuoso, o simplemente, su sonrisa.

Como una de las Cariátides sosteniendo el peso del templo del Erecteión. A modo de columna, entablamento sobre mi cabeza, el peso de la vida o sinónimo de dolor. Soy una estatua que quiso vivir y no fue más que un mero adorno arquitectónico. El rostro de piedra que se desgasta a través de los años. Mis labios rotos, mi mirada carcomida por la lluvia. He perdido los brazos, las joyas. Ni siquiera tengo conciencia de ellos. Cariátides, matronas de Caria, prisioneras de guerra. Cuerpo violado, maldecido, burlado. Sexo femenino que siempre recibe la peor parte. Niñas del enemigo talladas en piedra, y luego expuestas a la aberración.
Una de las Cariátides
; soy la hija pródiga que se ha escapado del templo, que ha dejado de ser columna y a echado a andar, sacrificando la norma, el equilibrio en la construcción
He dejado de ser estatua para ser humana a tu lado, para ser soplo de viento cálido en tu nuca, palabra sobresdrújula que añora reinventarte, puesta de sol. Y no hay otra respuesta que la universal de estar a tu lado y ser un contigo. Pues no existe simetría en mí si no está dibujada por tu puño y tu pincel. Amarga fuente de vida, fruto de mis pasiones y mis lágrimas más ahogadas, lléname de motivos, háblame hasta que rompa en un llanto incontrolado, que fluya a modo de ríos y me lleve hasta ti.
Escribo porque escribo, para mí misma. No pretendo que nadie entienda las líneas que a partir de ahora plasmaré en este rincón. Como decía M. Darwix “Cuando el amor, la patria o la belleza se me escapan, es a través de la escritura como los reencuentro…”.
Me gusta hacerlo, porque como animales que somos (¿“racionales”?) podemos crear un mundo casi paralelo, aprendemos a soñar, a llorar, a reír, a vivir… unas líneas, simples y llanas palabras pueden conseguirlo.
Soy como soy, no trataré de agradar ni regalar los oídos, ni a ti ni a nadie. No soy una persona sumisa, me considero algo neurótica, impulsiva y por qué no, algo decapolar quizá e irónica. Quiero hablar de realidades, de (mis) verdades como puños, de sentimiento puro. No intentaré juzgar las vivencias de nadie ni generalizar situaciones sino simplemente las mías, tal y como me ha estallado la vida en la cara a lo largo de estos 21 años de corta vida. No creo en las casualidades, creo que todo tiene un por qué, que todas las cosas ocurren por algo, soy una persona bastante pragmática y que a la vez rechaza verdades absolutas.
Quizá me consideres algo insensata, no te quito la razón, y más después de todo lo que anteriormente he dicho aunque ya te he avisado, soy una persona de extremos.
Se me olvidaba: a mí me mueve el amor, qué cursi ¿no? Joder, después de toda esta retahíla algo racionalista. Porque el amor es benigno, es sufrido, no tiene envidia, no es jactancioso, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta y que hasta el ser más vil y cruel puede sentir y llegar a destrozarle con tan solo un golpe de remo.
Si me entiendes bien, si quieres leerme, hazlo, si no, no me importa.
Bienvenidos a mi mundo.